02 noviembre, 2006

Nos mudamos...

Mientras seguimos investigando este complicado mundo de los blogs, algunos problemas técnicos nos han obligado a trasladarnos de página. A partir de ahora podéis seguir las historias de yisus en esta otra dirección:

http://yisusworlds.blogspot.com

Disculpad las molestias y esperamos veros a todos por allí.

Gracias.

27 octubre, 2006

Gracias (primer borrador)


Esta mañana he tenido una breve charla con mi cuerpo. Antes de permitirme que me levantara de la cama, sin dejarme siquiera tomar ese primer café que me abre los ojos y las neuronas, me lo ha soltado de sopetón. Hoy voy a morir. Hace días que me va dando pistas al respecto, avisos a base de dolores agudos y localizados en esos órganos que se denominan vitales y que, en mi caso, están a punto de dejar de serlo. Creo que ya se ha cansado de esas misivas y hoy ha decidido ser mucho más claro: lo siento pero nuestra aventura termina hoy.
Últimamente había notado un deterioro considerable en la cara de ese tipo que, cada mañana, se asoma a mi espejo y me saluda con la familiaridad de quien te conoce bien. No me he atrevido a decirle nada, pero él tampoco ha mencionado el asunto.
He desayunado un café bien cargado, tostadas con aceite y pan fresco con mantequilla y mermelada. Ya no tengo por qué preocuparme de las calorías, el colesterol, los triglicéridos o las transaminasas. Hoy puedo permitírmelo todo, incluso me he fumado un cigarrillo sin filtro, que son los que más daño hacen. Ya da igual.
Ahora, sentado en la mesa del escritorio, en la que han nacido la mayoría de mis criaturas, aprovecho las últimas fuerzas que me ha concedido este cuerpo para despedirme de quienes fueron, son y serán por siempre mis amigos, mis amantes y, por qué no, mis enemigos. A estos últimos no les dedicaré más tiempo del imprescindible; lo justo para reconocerles el mérito de haberme tenido presente, aunque haya sido para criticarme en público o para clavar alfileres sobre algún muñeco de vudú casero vestido con mi ropa. Por mi parte, todo queda olvidado y perdonado. No tengo tiempo ni fuerzas para odiar a nadie.
A los amigos os debo en gran parte lo que soy. Habéis conseguido que mi existencia se llenara de alegrías y de tristezas compartidas, de momentos inolvidables en lo bueno y en lo malo, pero tanto unos como otros han sido los hilos que me han mantenido unido a la vida, a esta vida de la que me está costando tanto despedirme. Todos merecíais más de lo que os he dado, mejor trato, más consideración, menos reproches, y sin embargo, os habéis volcado conmigo y vuestro apoyo ha supuesto para mí la fuerza que tantas veces me ha fallado.
A vosotras, mis amantes y pacientes compañeras, las de mi juventud, mi madurez y mi ocaso, no puedo deciros otra cosa que gracias. Vuestro calor ha sido siempre el bálsamo en el que curar mis heridas, vuestros cuerpos han cobijado al mío y me han dado la vitalidad y la alegría. Habéis sido para mí el mejor de los regalos, inmerecido quizá pero disfrutado al máximo. A todas os he amado en mayor o menor medida, pero de todas conservo el mejor de los recuerdos.
A ti, Julián, amigo desde la infancia y representante legal de este viejo, te encargo la penosa tarea de organizar mis cosas a partir de mañana. Con mi cuerpo —ya lo hemos hablado mil veces— haz lo que acordamos en el testamento: si algo es aprovechable, cosa que dudo, que la ciencia se haga cargo; si no, me incineráis y fin de la historia. En cuanto a mis bienes, tal como también figura por escrito, tú sabrás mejor que nadie cómo administrarlos y a quién dedicar cada cosa. Has estado conmigo desde antes de lo que recuerdo y doy gracias cada día por haber tenido la suerte de contar con un amigo como tú.
Imagino que los creyentes afrontan este momento con una mezcla de miedo y esperanza, de dolor por los que se quedan y de alegría por el paraíso al que se dirigen, en el que encontrarán sin duda a quienes se fueron antes que ellos. A mí el agnosticismo me ha evitado cualquier tipo de duda. No tengo miedo porque no espero encontrar nada, ni malo ni peor, al final de ese famoso túnel en el que estoy a punto de entrar. Tan solo soy lo que he sido, lo que he hecho y la obra que lego, la huella que en los demás haya dejado hablará en mi nombre a partir de mañana. Hoy, desde esta casa en la que tanto y con tantos he vivido, sólo puedo decir una cosa: gracias.

La rebelión

Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Se vistió lo más deprisa que pudo y se colocó la máscara. Por fin iba a sacarle partido a ese armatoste que su hija se empeñó en regalarle. Ahora no tenía más que seguir las instrucciones que la radio y la televisión repetían incansables desde hacía días. Sacó su vieja escopeta del armario, llenó los bolsillos de la chaqueta con todos los cartuchos que tenía y salió a la calle. Sabía dónde debía dispararles y lo hacía con decisión. Por muy inteligentes que se hubieran vuelto, esos malditos coches autónomos no se iban a adueñar de su ciudad. Al menos mientras a él le quedara munición.

25 octubre, 2006

Maldita niña rica (II)

Cuando abandoné el tanatorio, el sol brillaba como si fuera a estallar. Disponía de cuatro horas para deshacerme de la lapa policial, recoger el maletín y presentarme en la terminal cuatro, donde tomaríamos el avión hacia la libertad. Si todo salía según lo planeado, Yolanda habría tenido tiempo suficiente para acercarse al banco, suplantar tu identidad y vaciar la cuenta en la que fuiste guardando esas cantidades que robabas mensualmente de la empresa familiar. Nadie, salvo tu familia y la policía, estaba al tanto de tu fallecimiento. Esa ausencia de información, unida a vuestro parecido físico y las miles de veces que había firmado en tu nombre, facilitarían la tarea y nos harían ricos y libres. Sería tu regalo de boda póstumo.
Tú no llegaste a conocer a mi padre. Una de las pocas virtudes que le recuerdo era la de escabullirse a lo Houdini. Se pasó más de la mitad de su vida acosado por acreedores, hijos ilegítimos y maridos coronados, por lo que desarrolló esa habilidad que, en más de una ocasión, me tocó compartir de forma involuntaria. Siempre me decía que el mejor día para deshacerse de alguien es el domingo. No tienes más que acercarte hasta el Rastro y tirar “sin querer” uno de los puestos que rodean la estatua de Cascorro. A partir de ese momento, cualquiera de las calles que desembocan en la plaza sirven de huida perfecta, camuflado entre la maraña de curiosos, turistas, policías y descuideros.
Por suerte para mí, ayer fue domingo.
Después de liberarme de mi acompañante, un taxi me condujo directamente hasta el intercambiador de Nuevos Ministerios. Da gusto subir la Castellana un domingo a mediodía. Apenas cuatro coches mal contados y media docena de autobuses de japoneses.
Llegué a la consigna con más tiempo del que había planeado.
Sector rojo. Llave 435. El maletín no está. En su lugar, una nota con un número de teléfono que casi no puedo leer. La vista nublada y el pulso por las nubes.
El teléfono de Yolanda no contestaba, así que no tuve más remedio que doblegarme al juego de la nota anónima, a sabiendas de que las sorpresas, normalmente, son desagradables.
Esta lo fue, y mucho.
Nadie descolgó el teléfono. El mensaje del contestador me dejó helado. Era tu voz. Acababa de verte tumbada en un ataúd de lujo y ahora me hablabas como recién salida de la ducha, fresca y decidida. No podía creerlo.

Hoy la vi


Hoy la vi,
la nostagia y la tristeza suelen coincidir.
Se rompieron mis esquemas,
después comprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.
Y aunque no lo siento
luego no pude dormir,
y las puertas del recuerdo cedieron al fin
y aquel miedo que sentía hoy vuelvo a sentir.
Hoy la vi,
han llovido quince años que sobreviví
yo creía que sabía y nunca aprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.
Hoy la vi,
y aunque no lo siento luego no pude dormir
yo creía que sabía y nunca aprendí
que si ahora estoy así es porque hoy la vi.

(Enrique Urquijo)



Siempre he creído que Enrique escribió esta canción para mí. Si he de ser sincero, casi todas las canciones me parecen dedicatorias personales de sus autores. No los conozco, ni ellos a mí, pero estoy seguro de que sabían de mi historia antes de ponerse a componer. ¿Cómo se explica si no que a ellos les ocurra exactamente lo mismo que me sucede a mí?
Esta es una de las cientos de verdades que, aunque no puedo demostrar, ocupan mi cabeza durante la mayor parte del día. Al menos desde que estoy ingresado aquí. Otra de las certezas por las que pondría las manos en el fuego es la de que no estoy loco. Al menos no mucho más que la mayoría de los que están ahí fuera. Lo de las venas fue una estupidez, ya lo sé, pero volver a ver a Lucía resultó más impactante de lo que había esperado, y mira que llevo años recreando ese momento…
Me dolió tanto verla con otro, regalándole las caricias que antes me había negado a mí… No creo que haya que estar loco para que una cosa así te afecte. Mi siquiatra, un tipo para el que prefiero ahorrarme adjetivos, siempre me dice que hay que aprender a olvidar, que la vida es demasiado corta como para aferrarse al pasado, que la felicidad nos espera a la vuelta de la esquina.
Menuda gilipollez. A mí la felicidad se me escapó cuando ella dijo basta.
Si todos nacemos con una cantidad exacta de felicidad a repartir durante toda nuestra vida (otra de las verdades tan absoluta como indemostrable), yo ya consumí la mía hace tiempo, a su lado.
Hoy tengo que pasar la evaluación siquiátrica. Voy a portarme bien y a responder de forma coherente ese estúpido test. Puedo hacerlo con los ojos cerrados.
Mañana estaré fuera.

20 octubre, 2006

El tabaco mata



De todos los vicios que puede cultivar un soltero cuarentón en una ciudad como ésta, el tabaco es el único al que nunca he podido resistirme. Siempre he sabido que, tarde o temprano, acabaría conmigo, pero jamás supuse que fuera a hacerlo con este despliegue de efectos especiales. A lo sumo, me había imaginado en una cama de hospital maldiciendo la hora en que me fumé el primer pitillo, rodeado de tubos y con un sermón médico retumbándome en los oídos, pero lo que acaban de extraerme del pulmón derecho no es una bola de alquitrán. Si estuviera aquí Calleigh, la rubia de CSI, aseguraría sin dudarlo que se trata de un calibre 22.
Mi vida siempre ha sido sencilla, ordenada y previsible. Mamá estaría orgullosa si me viera. Bueno, si me viera hoy no lo creo. Quizá podría disimular el vendaje del pecho cubriéndolo con las sábanas, pero los dientes que se quedaron en el puño de aquel tipo me han desfigurado bastante la sonrisa, sin contar con que el color del ojo izquierdo es, por decirlo de alguna forma, enfermizo. Y todo este despliegue de formas, colores, texturas y ausencias se lo debo únicamente al tabaco. Sí, ahora mismo se lo explico, señor comisario; es que si no lo cuento tal como pasó, puede que me deje algún dato importante. Al menos, así es como dice Grisom que deben detallarse los casos.
Ayer salí de la oficina a las diecisiete y diecisiete, igual que hago cada viernes desde hace veinticuatro años. A las diecisiete y diez se va mi jefe, puntual como un reloj suizo. A las diecisiete y doce ya he recogido el portátil y he terminado de colocarlo, junto a los cables, los discos, las llaves y el portafolios, en el maletín de cuero que me regalaron los compañeros cuando cumplí veinte años en la empresa. Tardo cinco minutos en recorrer el pasillo que da acceso a los ascensores del sector cuatro, bajar las veintisiete plantas que me separan de la calle y cruzar el hall principal hasta alcanzar la puerta oeste. Ya estoy fuera.
Como hago cada día, antes de tomar el metro hasta mi casa, ayer me detuve en el estanco de la calle Maravillas semiesquina a Duque de Rueda, en el que siempre compro un paquete de Chester Ultra Light, el de la cajetilla blanca y azul, que desde primeros de mayo cuesta un euro con setenta y cinco céntimos. Antes fumaba el normal, pero me he pasado al bajo en nicotina para intentar que me mate un poco más despacio. Pero ayer, por primera vez desde que doña Paquita se hiciera cargo del negocio, sustituyendo al difunto de su marido, don Arturo, la puerta permaneció cerrada todo el día. También es mala suerte que tu madre, con una salud envidiable a los noventa y cuatro años, vaya y se muera un viernes, que es el día que más caja hace el estanco, porque la gente compra provisiones para no salir de casa en todo el fin de semana. Al menos es lo que yo hago.
Ese detalle podría parecerle insignificante a cualquiera de ustedes, pero a mí me ha hecho pasar la peor noche de mi vida. Siempre compro en ese estanco, entre otras cosas porque no paso frente a ningún otro hasta llegar a mi casa, que por si no se lo he dicho antes, está en el número ciento cuarenta y cuatro de la Avenida de Aragón, la calle más larga de Madrid. Si no hay ninguna avería ni huelga de conductores, a las dieciocho y cinco ya estoy sentado en el sofá, con un sándwich vegetal en una mano y el mando de la tele en la otra. Casi nunca le pongo mayonesa, pero algunos viernes, sobre todo ahora en verano, me permito esas calorías extra como regalo de fin de semana.
Pues bien, ahora que ya le he puesto en antecedentes, paso a relatarle los hechos concretos que me han traído aquí, que han provocado el accidente múltiple, el incendio y los fallecimientos posteriores, y que imagino están ustedes deseando conocer. Si quiere, puede decirle a sus hombres que se acomoden en la cama de al lado. El señor que estaba ahí a primera hora creo que ya no va a necesitarla. Dios lo tenga en su gloria.
Siempre termino de cenar justo antes de que empiece el telediario de Matías, que sin duda es el más interesante e imparcial de los cuatro que ponen por la noche, ¿no le parece? Después de los deportes, incluyen un bloque publicitario que dura dos minutos y treinta segundos, tiempo justo para hacerme un descafeinado de sobre con una cucharada de azúcar y dos gotitas de leche. Cuando acaba el hombre del tiempo, recojo el plato, la taza y la servilleta, friego los dos primeros, guardo la tercera en su cajón y saco el cenicero pequeño de cristal, ese que regalaron hace dos años con el dominical. Por último, recupero mi sitio en el sofá y enciendo un cigarrillo mientras comienza el peliculón.
Pero ayer, como ya le he contado, no pude comprar tabaco. Ese detalle tuvo la culpa de todo.
En mi barrio, como supongo que ocurrirá en el resto de la ciudad, la gente se echa a la calle los fines de semana como si el mundo se fuera a acabar cada lunes, como si la última oportunidad en sus vidas de conocer a la persona ideal pasara por emborrachase el viernes y no soltar la botella hasta el lunes de madrugada. Y digo supongo porque yo nunca lo he hecho. Jamás he pisado otro bar que no sea el de la planta cuarenta y ocho del edificio en el que se encuentra mi oficina, pero en ese no sirven bebidas alcohólicas.
Así que, de pronto, me vi obligado a salir a la calle en busca de mi Ultra Light, aunque por una vez supongo que podría haber fumado del normal. De hecho, es posible que si hubiera aceptado comprar un rubio cualquiera, nada de esto habría ocurrido.
Desde que aprobaron la ley anti-tabaco, la mayoría de las máquinas que había en los bares han desaparecido, por lo que mi búsqueda casi se convirtió en una misión imposible. En los pocos locales en los que aún quedaban máquinas, sólo se vendían las dos marcas de siempre, y los vendedores ambulantes, que ofrecían cajetillas camufladas bajo la gabardina, tenían aún menos variedad que los bares.
Pasaba el tiempo y mi obsesión por fumar aumentaba de forma preocupante, y supongo que alteraba también mi percepción de las cosas.
Una hora y treinta y siete minutos después de haber bajado a la calle, un tipo me ofreció algo que no entendí, pero con los dedos hacía el gesto de fumar, así que me lancé hacia él como un loco, dispuesto a meterme en el pecho un celtas corto, si era necesario. Imagínese, señor comisario, la cara que se me quedó cuando ese desconocido me ofreció, en lugar de tabaco liado, una especie de placa de ese tabaco de mascar que toman en las películas del oeste, para que encima tuviera que pasarme toda la noche escupiendo. Intenté hacerle entender que no era eso lo que quería, que yo quería la cajetilla blanca de Chester, ¡la blanca, joder, la blanca!
Parece que lo de la blanca lo entendió bien, porque me preguntó en un perfecto castellano cuánto dinero. No entendí por qué me preguntaba por el dinero, si era él quien lo vendía, pero aún así le escribí en un papel “uno setenta y cinco”, y tras mirarme con cara de asombro, me hizo que le acompañara hasta el bar Kyoto, del que tan mal recuerdo guardaré para siempre.
Antes del incendio, el Kyoto ya parecía una ruina. Me recordó bastante a uno de esos reportajes sobre redadas en clubes de alterne, porque a todas las señoritas que poblaban la barra se les había olvidado en casa gran parte de la ropa. El caballero que me acompañaba, me sugirió que esperara mientras él entraba en una habitación al fondo del local. Supongo que es allí donde guardan en secreto el tabaco, porque antes de entrar tuvo que identificarse dos veces. Creo que esta nueva ley está volviendo un poco paranoico a todo el mundo.
Mientras esperaba, una joven muy simpática me dijo algo al oído en un idioma que desconozco. Le sonreí por educación y tras un breve gesto al camarero, la señorita se hizo con una botella de champán francés, que pretendía que abonara yo. Aunque intenté hacerle entender que jamás bebo alcohol y que no llevaba encima más que dos euros y treinta céntimos, siguió insistiendo en que pagara los treinta euros que había costado nuestro equívoco lingüístico. Como veía que no superaba la barrera del idioma, intenté explicarle al camarero la situación tan embarazosa que se había producido, pero cuando miré hacia arriba para amoldarme a sus más de dos metros de altura, lo único que logré ver fue un puño gigantesco que volaba hacia mi ojo izquierdo.
Desperté en una habitación oscura, maloliente y atestada de individuos orientales, desnudos y sentados alrededor de una mesa. Por suerte, el caballero que me había llevado hasta el Kyoto estaba sentado frente a mí. Él podría aclarar todo aquel embrollo y conseguirme por fin mi paquete de Ultra Light.
Ahora que lo pienso, señor comisario, resulta algo extraño que tantas personas estuviesen desnudas en una habitación tan pequeña, pero quizá se trataba de una sauna japonesa, a juzgar por el calor y la densidad del aire, que casi podía cortarse. El olor quizá procedía de esas piedras blancas que con tanto esmero raspaban hasta convertir en un polvo muy fino, al que después de pesar y volver a picar, introducían en unos paquetitos de papel. Supongo que se trataba de alguno de esos condimentos tan extraños que sirven en los restaurantes chinos, en los que desde luego jamás he puesto los pies. No es que tenga nada contra la comida de otras culturas, pero he oído más de una vez que en esos sitios descuartizan a sus muertos y los sirven con salsa agridulce. Yo prefiero los sándwiches vegetales.
El barman gigante estaba plantado a mi derecha, quizá para que pudiera verlo con el único ojo sano que me quedaba. El tipo bajito y rechoncho, que no paraba de gritarme algo referente a un maletín, resultó ser el dueño del local, al que ya no se si denominar sauna, bar o club de señoritas. Aunque traté de explicarle que yo lo único que quería era mi tabaco y disculparme por el malentendido, él siguió insistiendo en que le diera el maletín. Yo le dije que lo había dejado en casa, junto al perchero de la entrada, como hago cada día, y que no entendía qué podía tener de especial aquel viejo cartapacio de cuero.
Antes de seguir, debo aclararle que, cuando no recibo mi dosis de nicotina, el pulso me tiembla bastante más de lo normal. Como ahora. A veces, soy incapaz de escribir o de servirme una taza de café. Le cuento esto porque tiene cierta relevancia en el asunto que nos incumbe.
Con el fin de identificarme y deshacer de una vez todo el malentendido que se estaba creando, decidí sacar mi cartera y explicarle a aquellos individuos que no era más que un oficinista de categoría cuatro, tal como figura en mi pase de la empresa. Un gesto tan sencillo como ese, se convierte casi en encaje de bolillos para un pulso tembloroso como el mío. Tanto es así, que la cartera se escapó de mi mano y salió volando hacia delante. Cuando intenté alcanzarla, ignorando aún que me habían atado los tobillos con cinta americana, mi cuerpo salió disparado tras la cartera y ambos acabamos chocando con un lateral de la mesa en la que trabajaban los orientales. Parte de la culpa fue mía, no lo niego, pero ese tablero sujeto sobre caballetes no puede considerarse una mesa. Al menos no una sólida.
A partir de ese momento las cosas se complicaron bastante.
Las montañitas de ese polvo alimentario saltaron por los aires como en una réplica del belén navideño que instalaba mi abuelo. Supongo que se imagina la escena. Los orientales, embadurnados de blanco, corrían asustados hacia la puerta del fondo, mientras gritaban algo que, sintiéndolo mucho, no soy capaz de reproducir. El tipo bajito y regordete, se arrancaba de cuajo los cuatro pelos que aún poblaban su cabeza, y el puño del camarero gigante se incrustaba por segunda vez en mi cara, esta vez sustituyendo por dedos la mayor parte de mis dientes. Creo que fue en ese momento cuando me di cuenta de que el asunto se ponía feo de verdad.
Mi padre siempre decía que correr es de cobardes, pero a mí me pareció buena idea echar una carrerita hasta la calle, aprovechando la puerta que había abierto el colectivo asiático. Cuando ya creía estar a salvo, tras flanquear el último de los escalones, un ruido sordo, acompañado de un profundo dolor en el pecho, me lanzó contra la pared. Aunque al principio no me di cuenta de lo que había pasado, creo que fue en ese momento cuando me hirieron. Caí al suelo e intenté arrastrarme hasta la calle, mientras los disparos se repetían sin cesar. No debía resultar sencillo apuntar en medio de aquella nube blanca, y quizá por eso, uno de los disparos reventó la botella de propano que estaba junto a la puerta. De ahí en adelante no recuerdo nada.
Uno de sus hombres me ha contado, bajo cuerda, que los restos de la puerta se estamparon contra el autobús y que ahí comenzó el accidente en cadena. También me dijo que las chicas salieron por la puerta principal al escuchar los disparos, y que los únicos fallecidos han sido el propietario, el gigante y aquel caballero tan amable que me llevó hasta el bar.
Si salgo de ésta, señor comisario, le juro que dejo de fumar.

17 octubre, 2006

Maldita niña rica


Ahora, plantado aquí frente a tu rostro inanimado, lo he comprendido todo. Has tenido que pagar con tu vida, pero lo has conseguido. Eres libre.
Aquella noche, cuando te vi saliendo del restaurante, supe de inmediato que acabarías siendo mi perdición. Fue uno de esos presentimientos absurdos e inexplicables, pero que cuando se presentan sabes a ciencia cierta que se terminarán cumpliendo. Tan sólo tardaste unos segundos en introducirte en aquel Audi de lunas tintadas, aunque fue más que suficiente para grabar en mi retina una imagen que me ha perseguido hasta ahora.
Te había visto tantas veces en portadas y anuncios a doble página, que no pude evitar esa sensación de conocerte desde siempre. Resultaste tan cercana, casi familiar, que sólo se me ocurrió acercarme para poder abrazarte, como tantas veces había hecho en la soledad de mi cama. El certero golpe de tu guardaespaldas me devolvió inmediatamente a la realidad más palpable, a la que nada te acerca tan perfectamente como un suelo adoquinado estrellándose contra tu cara. Maldita la hora.
Tampoco ayudó aquel gesto con el que quisiste lavar tu imagen. Ese gigantesco ramo de flores, inundando literalmente mi media habitación de hospital barato. Una sonrisa de anuncio junto a mi escayola, perfectamente captada por tus fotógrafos, se encargaría de retratarte como la mejor de las samaritanas. Otra portada segura y otra mano de cal sobre una conciencia que ya no podía empapar más mentiras.
Pero cometiste el enorme error de mirarme a la cara.
Una décima de segundo bastó para transformar un gesto tan falso en un sentimiento incomprensible, para perforar esa capa de cosmética emocional y tomar asiento en tu cerebro dormido. Tú lo viste. Yo lo ví. Nadie más se percató.
En las siguientes visitas supiste envolverte a la perfección en la manta del anonimato, que tantas veces habías utilizado para escapar de situaciones comprometidas. Casi me desmayo cuando te vi aparecer con aquella peluca rubia y la bata de enfermera, tan escotada que habría resucitado de su sueño eterno al mismísimo Walt Disney. Igual que la segunda de tus demostraciones camaleónicas, aquella en la que te hiciste pasar por la venerable anciana que reparte estampitas entre los enfermos. Tan guapa, tan elegante, tan cariñosa, tan como tú. Ahora que ya no importa, puedo confesarte que durante unos minutos lograste engañarme como a un bobo. Como lo que soy.
Ahora podría parecerme casi normal, pero el día en que me dieron el alta, no podía creer que aquel muro de músculos, al que debía mi larga estancia en el hospital, me acompañara tan amablemente hasta la puerta trasera, en la que tu Audi protector guardaba discretamente el momento de nuestro reencuentro. Nunca debí haber subido en ese coche. Jamás debí aceptar ese primer beso ni ninguno de los que vinieron después.
Una vez más, y son ya tantas, sabía que estaba metiéndome en un callejón sin salida, pero en este caso lo hacía caminando sobre una alfombra de terciopelo rojo, iluminada por las farolas de diamantes que pendían de tus orejas. Otra posibilidad para meterme en líos y la misma prisa por cagarla que ha definido siempre mi existencia. De nuevo tomaba voluntariamente la carretera equivocada.
Qué divertida debió de resultarte al principio esta aventura plebeya. A ti, que te encantaba marear a millonarios decrépitos y atractivos cazafortunas, que jugabas al despiste de cama en cama como quien cambia piezas en un tablero de ajedrez. Qué pobre tonto fui al confundir tu capricho de niña rica con el amor que tantas veces había soñado en silencio. Pero mírate ahora, tirada como un juguete roto y tan muerta que ni siquiera puedes reprochármelo. ¿Quién es esa mujer que me mira sin verme? ¿Por qué no detuviste este estúpido juego antes de que nos atropellara mortalmente?
Ni siquiera después de muerta me puedo librar de tu imán destructor. Esa fuerza oculta que me impidió contar la verdad en comisaría, me sigue persiguiendo. Está aquí, en este tanatorio de cinco estrellas que se ha convertido en nuestro último lujo compartido. Ese policía a sueldo de tu padre nunca me dejará tranquilo. Ahora está ahí al fondo de la sala, esperando a que salga para volver a convertirse en mi sombra. No creo que pueda aguantar mucho más esta mentira. Yo no soy como tú. Jamás lo seré.
Supongo que tú sigues culpando a Yolanda de todo esto, aunque bien pensado, ya no creo que puedas ni siquiera culpar. Llegaste a acumular tanto odio hacia ella que terminó por estallarte en la cara. Yo te quería, Ana, pero no pude cumplir ese último capricho tuyo. No contra ella.
Imagino que a estas alturas ya habrás adivinado que el coche trucado era el tuyo, no el de Yolanda. Tan solo unos minutos antes de vaciar tu circuito de frenos, estuve a punto de hacer lo que me pediste, pero nadie se lo merecía menos que ella. Siempre estuvo a tu lado, fiel como el más entregado de los lazarillos, dispuesta a sacarte de cada lío en el que te metías y aguantando tus impertinencias a cambio de un mísero sueldo mensual y un millón de promesas no cumplidas.
Ella te adoraba y tú la tratabas como a una esclava. Te divertía que hiciéramos el amor en la piscina para que ella tuviera que presenciarlo. Siempre a tu sombra y siempre a tus pies. Nadie en sus cabales habría aguantado lo que ella. Nadie más que ella. Nadie. Por eso explotó y te envió aquellas fotos. Por eso viste tu futuro y tu herencia tambaleándose. Sabías perfectamente que si tu pasado lésbico llegaba a oídos de tu padre, te desheredaría exactamente igual que hizo con tu hermano. Adiós a las fiestas, los aviones privados y las operaciones de estética.
Tu mundo se tambaleó hasta el punto de desear la muerte a quien tanto habías amado. No quedaba otro remedio. Tantos años de cama en cama, con hombres a los que no deseabas, cerrando los ojos y abrazando el cuerpo de Yolanda, que ya no te pertenecía. Y de pronto aparecí yo, aquel imbécil con el que estuviste jugando a la buena samaritana, justo a tiempo para convertirme en el arma ejecutora que nunca habrías podido empuñar tú sola.
No contabas con que ella se enamorara de mí. Jamás habría entrado en tus planes. Ella, que te había adorado, que habría muerto mil veces por ti, se atrevió a confesarte que ya no te quería, que prefería a un tonto como yo, a un hombre, a un ser humano. Imagino que tu ego no pudo soportarlo. Tu pedestal de mármol se resquebrajó con un solo golpe de sinceridad. Una confesión capaz de llevarte hasta el asesinato.
De todas formas, habría bastado con dejarlo estar, con quitarte de enmedio y permitirle que desapareciera de tu vida. Pero no, tú no ibas a permitir que nadie te llevara la contraria. La acosaste, la amenazaste, la perseguiste y tus matones le hicieron la vida imposible. No te iba a dejar tan fácilmente. Tú misma la obligaste a desempolvar esas fotos. Ante cualquier jurado, podría alegarse que fue un chantaje en defensa propia. Un ataque defensivo.
Tampoco contabas con que yo hubiera visto el sobre. Estaba tan enamorado que habría sido incapaz de negarme a ejecutar tu crimen. Si no hubiera abierto la guantera de tu coche para coger los alicates, nunca habría descubierto esas instantáneas de dos jovencitas enamoradas, besándose en una playa desierta o desnudas sobre la cama de aquel hotel. Su nota, tan breve y sincera, me abrió los ojos y cerró definitivamente los tuyos.
Si logro deshacerme del policía, tomaré ese avión con Yolanda y desapareceré para siempre. Ya eres libre. Nadie conocerá jamás tu secreto.

01 octubre, 2006

Secretos de familia


Me llamo Nathaniel McNealy, tengo noventa y dos años y estoy muerto. Morí cuando sólo tenía doce, así que mi vida terrenal ha sido más bien corta. La otra, en cambio, ha sido larga y, por qué no decirlo, tremendamente aburrida.
Así, de primeras, puede que esta afirmación te extrañe, e incluso es probable que pienses que estoy loco de remate, pero como todas las historias, ésta tiene una razón de ser, que te detallaré gustosamente mientras te quito las esposas. Ante todo, no te asustes por lo que vas a escuchar, pero te aseguro que es cierto de la primera a la última palabra.
Vivo en Waterford, Irlanda, en un castillo que pertenece a mi familia desde hace siglos. En Oldcourt, que así se llama el castillo, también viven mis cuatro hermanos, mis padres, mis abuelos y varias generaciones de tíos, primos y parientes en general, aunque en realidad ninguno vive de verdad; ellos también están muertos.
Para aclarar un poco este aparente sinsentido, debo remontarme al año de nuestro señor de mil quinientos cuarenta y cuatro, durante el reinado de Enrique VIII. Mi antepasado William McNealy, duque de Cardiff, ejercía por aquel entonces como alguacil mayor del reino, lo que le otorgaba la potestad (y también la obligación) de perseguir y condenar a muerte a toda mujer sospechosa de practicar la brujería.
En aquella época, mi familia gozaba del respeto y la admiración de gran parte de la corte, pero también éramos blanco de las iras y maldiciones del pueblo llano, entre el que teníamos una merecida fama de crueles ejecutores. Con más de doscientos casos resueltos (al decir resueltos quiero decir consumidos en la hoguera), William McNealy se había convertido en el peor de los azotes para las aldeas irlandesas.
A estas alturas de mi vida, o de mi muerte, según se mire, debo reconocer que mis antepasados confundían con brujería cualquier caso de epilepsia, depresión, histeria o simple dolor crónico, por lo que imagino el terror con el que la población recibía la visita de los soldados de su majestad.
Si no fuera por el caso que te relato a continuación, nada me habría hecho creer en la irracional existencia de las brujas.
Todo ocurrió a comienzos del mes de febrero, cuando el frío aún era intenso y en los bosques de Cardiff la vida se hacía francamente dura. Una noche, mientras los Flanders, una humilde familia de campesinos, intentaban combatir el frio alrededor de una hoguera, la patrulla los confundió con adoradores del maligno y detuvieron a la anciana Molly, acusándola del mayor de los delitos: la brujería.
Cuando el caso llegó a manos de mi antepasado, la sentencia no se hizo esperar. Molly Flanders sería ajusticiada en la encrucijada de los cuervos, lugar en el que convergían los caminos de las cuatro aldeas vecinas y que habitualmente se utilizaba para montar las piras de ejecución.
La noche previa al ajusticiamiento, como era costumbre, el duque bajó a la mazmorra que ocupaba la abuela Flanders, para intentar que confesara su culpa; pretendía así quitarse el cargo de conciencia que suponía matar a una anciana inocente. Habitualmente nadie confesaba nada, ya que la condena era invariable, pero en este caso, Molly se acercó a mi antepasado y le juró que provenía de una antigua estirpe de hechiceras, poseedoras de poderes inimaginables, y que si la ejecutaban, haría caer una terrible maldición sobre él y sobre todos sus descendientes.
Acostumbrado como estaba a las más inverosímiles de las historias, William McNealy hizo caso omiso de esa amenaza y la ejecución pública se llevó a cabo en el lugar y la hora previstos. A su llegada al castillo, mientras los rescoldos aún humeaban en la encrucijada de los cuervos, el abuelo William descubrió con horror que su esposa, la joven y encantadora Ana, yacía muerta en el salón de baile.
La maldición había comenzado.
Más tarde supo que el fallecimiento se había producido por causas naturales; una gripe mal curada y el frío de ese invierno fueron realmente los causantes de la muerte. El verdadero susto llegó la mañana siguiente al día del entierro, cuando al entrar en su dormitorio, el duque encontró a su amada sentada en su sillón de costura, más sana que una manzana y dispuesta a contarle lo sucedido.
Según le relató a su esposo, después de alcanzar esa luz que anuncia el final del túnel, Ana se encontró con Molly y charlaron amistosamente, carentes ya de cualquier tipo de odio terrenal. La maldición de la abuela Flanders, quien de verdad resultó ser heredera de una milenaria familia de encantadoras de almas, obligaba a cualquier miembro de mi familia a volver con los vivos al día siguiente de haber fallecido, y a permanecer entre ellos por el resto de la eternidad.
Desde entonces, todos los McNealy, después de haber muerto, nos hemos quedado a vivir en Oldcourt, prisioneros de nuestro propio castillo y prácticamente imposibilitados para cualquier tipo de vida social.
En mi caso, la muerte me sorprendió en el avión que nos llevaba a España, donde teóricamente había de pasar las primeras vacaciones familiares de mi vida. Aquel día también murieron papá, mamá y mis cuatro hermanos: Ana, George, Carolina y el pequeño William, que tan solo tenía dos años.
Ya han pasado ocho décadas desde el accidente y, aparte de mis primos y hermanos, la lectura ha sido mi más fiel compañera y mi esperanza para salir de esta muerte en vida.
Después de leer detalladamente más de cinco mil volúmenes sobre brujería y ocultismo de todas las culturas y creencias, parece que he descubierto una remota posibilidad para deshacer el hechizo de la bruja Flanders.
Uno de mis antepasados más ilustres, el pirata Henry McNealy, conocido en África y sur de Europa como Enrique el ilustrado, se dedicó durante décadas a saquear palacios árabes y españoles, de los que robaba, además de oro y mujeres, bibliotecas completas que aún hoy permanecen en Oldcourt.
El más famoso y perseguido libro de brujería de todos los tiempos, —del que muchos expertos dudan de su existencia— el “Necronomicon”, ha sido mi libro de cabecera durante los últimos quince años. Después de perfeccionar mis habilidades como traductor (el libro lo escribió un árabe con el título de “Al Azif”), he descubierto que la maldición existe desde la época de los primeros faraones egipcios, y que sólo puede deshacerse salvando la vida de un heredero directo de la bruja ajusticiada.
Y ese heredero eres tú.
Quizá ahora comprendas por qué un niño de doce años ha sido capaz de entrar en el corredor de la muerte de la prisión más segura de California, hipnotizar a todo los guardias que se ha encontrado a su paso (gracias de nuevo a ese magnífico libro) y sacar sin problemas a un condenado a muerte.
No pienso juzgar si eres o no culpable. No me importa en absoluto lo que hayas hecho o el motivo que te llevó a ello. Sólo he venido a saldar una deuda que nos permita a mí y a los míos descansar por fin en paz.
Cuando la muerte llame de nuevo a tu puerta yo ya no estaré allí para salvarte. Pero no te apures. Nos veremos al otro lado. Molly también estará allí y podrá contarte todo esto con más detalle.
Ahora corre y salva el pellejo.
Yo ya empiezo a sentirme muerto de verdad.

30 septiembre, 2006

Miedo



Por primera vez, entré a mi casa sintiendo miedo. El espejo del aparador me devolvió la imagen que tantas noches había perturbado mi sueño. Al final se había cumplido la profecía. Ya no tenía la posibilidad de redimirme luchando contra la bestia. Yo era la bestia.

25 septiembre, 2006

El lado salvaje

Ya llevaba dos meses viviendo en Torregorda cuando descubrí el Meridiano. Fue una noche del mes de junio, en la que decidí apagar el ordenador y dejar para el día siguiente una aburrida traducción de un novelista francés, del que ni siquiera recuerdo el nombre. La temperatura invitaba a salir y decidí dar un paseo por el casco antiguo. Al girar una esquina escasamente iluminada, un portón de madera escoltado por dos enormes buganvillas llamó mi atención. Siempre había estado ahí.
La barra del Meridiano se había convertido desde hace años en el refugio de turistas y residentes, atraídos unos y otros por los exquisitos cócteles que preparaba Olivia: mojitos, caipiriñas, margaritas, daiquiris, martinis y los mejores gintonics de toda la costa. La decoración, a base de muebles de teca y cartas marinas, transportaba a los clientes a paraísos lejanos en los que jamás pondrían los pies, pero de los que se sentían, durante unas horas, auténticos nativos. Álvaro, que se autodenominaba el guardián del paraíso, ayudaba a Olivia sirviendo las copas más sencillas, cargando y ordenando las cámaras y, sobre todo, a los mandos de la música, de la que estaba casi más orgulloso que del propio local.
Cada día, minutos antes de las tres, Álvaro dejaba que Lou Reed se diera una vuelta por el lado salvaje del local, avisando a la clientela de que la jornada estaba tocando a su fin. Al principio no me percaté, pero después de varias visitas me acostumbré a esa despedida musical, que mezclaba el placer de escuchar al genio neoyorquino con la tristeza de tener que abandonar la compañía de Olivia.

No sé cómo pero esa chica me había cautivado desde que crucé por primera vez la puerta del Meridiano. Tenía una belleza especial que sabía explotar de maravilla; su cara, sus ojos, su escote y ese peligroso movimiento de caderas al ritmo de la música lograban que mi hígado y mi bolsillo pagaran las consecuencias de su veteranía en el negocio.
Desde que Blanca me puso en la calle, setecientos kilómetros atrás, ninguna mujer había llamado a las puertas de mi corazón, ni tampoco a las de mi bragueta. El caso de Olivia era diferente; me atraía de una forma que nunca antes había experimentado, y decidí postergarlo un poco antes de lanzarme al vacío sin paracaídas. Mi situación anímica no me permitía arriesgarme a un segundo fracaso en tan poco tiempo.
Media docena de chupitos convirtieron a Álvaro en el mejor de los confidentes, aunque de poco me serviría. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido su jefa; ninguna información sobre novios, amantes, maridos o similares me ayudaría en mi tarea de acoso y derribo. Sólo logré su dirección y una curiosa confesión acerca de esa canción con la que cerraban cada noche. Según dijo el camarero, prácticamente se trataba de una imposición de Olivia, quien en realidad y según los papeles del bar se llamaba Ana, y se declaraba cautivada por ese tema del maestro Reed.
Nunca he prestado demasiado interés a lo que dicen las canciones en inglés (demostrando aquello del herrero y la cuchara de palo), pero la confesión de Álvaro me intrigó, hasta el punto de recurrir a Internet para descargar la letra de “Walk on the wild side”. Mientras la impresora se encargaba de plasmar en papel aquellas palabras, una llamada de teléfono me devolvió a la realidad.


− Luis, soy Olivia. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste de la furgoneta?
− Claro, justo ahora mismo estaba pensando en ti. Paso a recogerte en cinco minutos.


La estrategia de ofrecerme a acompañarla hasta el almacén de bebidas había dado resultado. El bar cerraba, con lo que podía permitirme “secuestrarla” el resto de la tarde. Insistió en invitarme a tomar algo, a lo que accedí sin dudar y deseoso de lanzar el ataque definitivo. Cenamos, charlamos, nos emborrachamos y empezamos a hacernos confesiones de las que no se suelen contar en la primera cita. Sólo cuando le pregunté por la canción de cierre del local se mostró esquiva y nerviosa, intentando desviar la conversación hacia cualquier otro asunto, casi atemorizada por mi insistente curiosidad.


− Bien, pero al menos contéstame a una cosa, ¿por qué te haces llamar Olivia teniendo un nombre tan bonito como Ana?


− No quiero hablar de eso. Por favor, acércame a casa. Se ha hecho muy tarde.

El camino de vuelta duró apenas cinco minutos, pero el muro de silencio que había levantado Olivia consiguió que se me hiciera eterno. Al bajar de la furgoneta, se limitó a confesarme, entre sollozos, algo a lo que hasta ahora nadie de su entorno había tenido acceso:

− Me llamo Olivia por Holly. Por favor, nunca vuelvas a mencionarme esa historia, ni a mí ni a nadie, y si no te importa, preferiría que no te pasaras por el bar en una temporada. Lo siento, pero si eres listo sabrás por qué lo hago.

Nunca he sido demasiado listo, pero en cuanto llegué a casa y leí la letra de la canción, comencé a entender su miedo y su reticencia. Investigué un poco más hasta descubrir que la protagonista de la primera estrofa, Holly Woodlawn, nació en Puerto Rico con el nombre de Harold Santiago Rodríguez. Ahí me vine abajo, pero seguí leyendo para descubrir que después de trabajar como bailarina de toples, se convirtió en una de las musas de Warhol y de la movida underground de los 70.

Al principio no supe cómo reaccionar. Intenté convencerme de que era una estúpida coincidencia; mi idolatrada Olivia, la mujer por la que había estado babeando durante las seis últimas semanas, era en realidad un hombre, un travesti, un engendro…


Han pasado dos años, quizá los más felices de mi vida, y hoy, mientras recorremos el pasillo central del salón de juntas municipal, rodeados de amigos y familiares, imagino que Lou Reed camina junto a nosotros, como testigo de boda, paseando por el lado salvaje de la vida.

23 septiembre, 2006

Diario de una promesa



Lunes 4 de agosto
No soporto a ese imbécil de Luis. Se cree que es más guapo que nadie y que por eso puede tratarnos como si fuéramos mercancía colgada de los ganchos de un matadero. Ya sé que Lucía tiene las tetas más grandes que yo, pero no hace falta que me lo restriegue por la cara delante de toda la pandi, y mucho menos cuando todos saben que estuvo enrollado con ella el año pasado. Es un cerdo. Yo no pienso cumplir la promesa.

Martes 5 de agosto
Ana dice que ya se ha acostado con Julián. Menuda zorra mentirosa. Como se entere su madre no pisa la calle hasta Navidad. Ella precisamente, que tardó más de un año en dejar que Arturo le metiera mano, y claro, Arturo se hartó de hacer el canelo y se lió con Lucía, que esa sí que es un pendón desorejado, sobre todo desde que se le hincharon tanto los melones. Ahora mismo llamo a Luis, que aunque es tonto del culo siempre se entera de todos los chismes.
De todas formas, lo de la promesa se le ocurrió a Vanessa porque creía que ninguna íbamos a aceptar, pero eso no, a mí no me echa cojones una niñata de papá que se mete relleno en el suje. Si hay que hacerlo, lo hacemos, pero todas. A la que se raje la tiramos por los bloques.

Miércoles 6 de agosto
A mi madre se le ha ido la olla. Ahora resulta que tengo que estar en casa a las doce, cuando toda la peña se puede quedar por lo menos hasta las tres. Incluso hay quien no tiene hora, como la mosquita muerta de Vanessa, que mucho ponerse cuello alto y acompañar a su madre a misa los domingos, pero dice Ana que la vio la otra noche en la playa bañándose en bolas con el cabrón de Luis y su perrito faldero, el “mosquis”, que esa todavía me la tiene que pagar la puta de ella.
Mañana vamos al Factory a por algo mono para la fiesta. Seguro que estos idiotas se presentan en casa de Ana en bañador y chanclas, con lo maqueadísimas que vamos a ir nosotras. Yo no sé las demás, pero como Luis aparezca hecho un guiñapo no pienso tocarle ni un pelo, que aprenda a comportarse, joder, que ya tiene casi diecisiete.
No es que me dé miedo, ni mucho menos, pero tengo que hablar con la hermana de Vanessa para que me cuente bien cómo tengo que hacerlo, porque Luis, además de tonto, es más bruto que un arado, y no me fío un pelo de lo que me pueda hacer.
Dice Lucía que ella se va a poner lubricante y que se va a beber antes una botella entera de tequila. Menuda imbécil. Yo quiero enterarme bien de lo que pase; me daría mucha rabia levantarme al día siguiente con resacón y sin acordarme de nada.

Jueves 7 de agosto
Lo que faltaba. Ahora resulta que papá ha decidido traer a esa especie de novia que tiene y yo tengo que dejarles mi cuarto y dormir con la enana, que no me deja hablar tranquila y que ronca como un viejo. La amiga de papá es una de esas barbies sin cerebro y con tetas de silicona que vuelven locos a los viejos verdes como él.
Y encima mamá se quitará de en medio y me tocará volver a soltar el rollo de que me quedo en casa de Vanessa porque es muy peligroso volver de noche…
Chica paliza me está dando Ana con eso de que si tenemos que probarlo de alguna manera; que si la sangre, que si jurarlo sobre una tumba, que si llevar a los chicos a la máquina de la verdad… Dice Lucía que para eso es mejor que lo hagamos todos a la vez en la misma habitación. ¡Menudo zorrón con patas! Como no pudo tirarse a Luis en su momento quiere ponerle las tetas delante para que se vuelva loco y se vaya con ella. Está lista esa golfa si cree que me lo va a quitar. Es tonto, pero es mío.

Viernes 8 de agosto
Toda la noche lloviendo y yo sin poder pegar ojo. Al principio creía que era porque me asustaba la tormenta, que aquí en la costa sopla que no veas, pero creo que no duermo pensando en lo que va a pasar, en si me va a gustar o me va a horrorizar. Dice la hermana de Vanessa que lo mejor es relajarse mucho y pensar en cosas bonitas, pero yo sólo pienso en esa tranca tan gorda que tiene Luis, que ya se la toqué una vez y me pareció demasiado grande para metérmela ahí.
Al final me he comprado un top de Zara y una falda cortísima, así que voy a decirle a las chicas que aleccionen a esos macarras y que les obliguen a vestirse con gracia, que si no van a parecer los limpiapiscinas.
Sólo falta un día para el gran acontecimiento. Si las demás quisieran, podríamos dejarlo estar, pero no voy a ser yo la mojigata que tire de la manta. Mejor me callo a ver qué pasa.

Sábado 9 de agosto
Por lo menos ha amanecido un día precioso. Hemos pasado toda la mañana en la playa y ninguna de estas locas ha dicho una palabra sobre el tema. Bueno, Ana sí que ha hablado, pero para decir que ella ya lo ha hecho y que esta noche se va a emborrachar y a pasar de todo. ¡Encima de mentirosa nos quiere tomar por tontas! Si ella se raja yo paso, a ver si al final la más zorra voy a ser yo. Lucía dice que es mentira, que es una estrecha y que se quiere quitar el marrón de encima. Ella tampoco está segura, por muchos chistes verdes que cuente.
Yo no voy a decir nada, pero me da en la nariz que estas tontas no tienen ni idea de lo que están hablando, ni de la que se les viene encima…

Domingo 10 de agosto
Vaya mierda de fiesta. Los tíos estaban tan nerviosos que se pasaron toda la noche bebiendo y diciendo gilipolleces; son unos putos niñatos y no se merecen que les hagamos ni caso. Al final ninguna ha cumplido esa estúpida promesa. Seguimos tan vírgenes como nacimos, pero al menos ya sabemos qué es lo que no queremos.
Esta tarde vamos las cuatro al cine.
Seguimos siendo amigas.

18 septiembre, 2006

Tío Tomás



No logro quitarme de encima la costumbre de madrugar en domingo. Rara vez me siento a desayunar después del noticiario de las siete, ese en el que una locutora narra, sin el mínimo interés, una serie de noticias huérfanas de importancia informativa, casi como si por obligación o falta de actividades, después del sábado sólo existieran el fútbol y las misas radiadas. Hace más de treinta años que la cama me despide igual y a la misma hora, sobre todo los domingos.
Esta simpática costumbre se la debo a Tío Tomás, que además de ser mi padrino y el único hermano varón de mi padre, hizo un estúpido juramento el día en que enterramos a papá: él, personalmente, se encargaría de que yo me convirtiera en un hombre de provecho y de sacar adelante a mi madre y a mis hermanas, a las que prefirió dejar al cargo de las hermanas clarisas para que las convirtieran en perfectas esposas y católicas madres de familia.
Mi madre, tu abuela, nunca tuvo fuerza ni coraje para enfrentarse a su cuñado, sumida como estaba en una profunda depresión, provocada por la larga enfermedad que llevó a papá a estar más de seis años postrado en su cama. Yo odiaba a tu abuelo por eso. Por no haber estado conmigo, por haber dejado a mamá como una zombi y por haberme condenado a sufrir la humillante tiranía de Tío Tomás, quien se convertiría desde entonces en mi tutor, mi jefe, mi conciencia y mi desgracia.
Cada día, al salir del colegio de los Salesianos, que no distaba más de dos manzanas de nuestra casa, mientras mis amigos tiraban las carteras al suelo y jugaban al fútbol hasta que la noche les impedía distinguir la pelota, yo me dirigía sin pausa alguna hasta la tienda de mi tío, un colmado en el que las amas de casa del barrio bajaban a diario más a cotillear que a comprar, y en el que debía vestir un ridículo delantal a rayas verdes y negras, como un uniforme de preso infantil. En la trastienda de ese húmedo local pasé cinco años sin hacer básicamente nada pero sin poder hacer otra cosa. Recuerdo con especial dolor los domingos, cuando Tío Tomás me recogía mucho antes de que saliera el sol y me obligaba a limpiar una por una todas las estanterías de la tienda, suficientemente deprisa como para llegar a tiempo a misa de doce.
Fuera lo que fuese, para él todo lo hacía mal. Si tenía que ordenar el almacén, siempre me equivocaba de estantería o dejaba mal colocada alguna lata de conservas; si se trataba de llevar un pedido a casa de alguna clienta, o bien tardaba demasiado o no me comportaba correctamente o me quedaba más dinero de la propina de lo que le decía a él, —algo que la mayor parte de las veces era cierto.
Su concepto de la disciplina consistía básicamente en una vara de madera con la que me golpeaba en distintas partes del cuerpo y con desigual violencia, pero siempre siguiendo una estricta relación entre el error y el castigo; un retraso en el envío de un pedido equivalía a un varazo en la palma de la mano; si llegaba tarde a la tienda después del colegio, dos golpes en las corvas que me dejaban dolorido toda la tarde; cualquier destrozo en material de la tienda (romper un vaso de nocilla, dejar caer el azúcar camino de la báscula o permitir que algún niño metiera la mano en el tarro de las golosinas) se traducía en un número de azotes en el culo proporcionales siempre al dinero que costara mi desaguisado.
Así transcurrió lo que debería haber sido mi paso de la infancia a la adolescencia, ese periodo en el que ahora estás tú y que tan extraño, por no vivido, me resulta.
Tú no llegaste a conocerle; ese que ahora babea en su silla de ruedas y que parece mirar a través de nuestros cuerpos no es Tío Tomás, es otro ser que habita su decrépito cuerpo y que no comparte con él más que una pequeña zona del cerebro donde, según su médico, conserva recuerdos que es incapaz de comunicar al resto del mundo.
Esta última Navidad, días antes de morir —maldita costumbre de esta familia la de los juramentos a tumba abierta— tu abuela me hizo prometer que me ocuparía de él, pasara lo que pasase, hasta que Dios quisiera llevárselo al limbo de los idiotas.
Hace cinco años, cuando tu hígado dejó de funcionar y tu vida corría grave peligro, me ofrecí a donarte parte del mío. Bien sabes que te lo habría dado entero, junto con el corazón y los pulmones, si hubiera sido posible, pero la genética nos jugó una de esas malas pasadas, que según el médico inhabilitan a los progenitores directos pero generan copias idénticas de abuelos a nietos. Es como si los padres fuéramos un estorbo intermedio en la evolución de la especie. Aunque el doctor Carretero intentó convencerle de que el ascendiente debía serlo en línea directa, Tío Tomás seguía empeñado en que su hígado te salvaría y que después de la operación ya hablaríamos despacio del asunto. No sé cómo pero lo logró.
Ahora sé que si su paso por el quirófano no se hubiera complicado hasta terminar en esta apoplejía vegetativa, él mismo podía habértelo explicado. Aunque seguimos llamándole tío, quien te salvó la vida después de haber machacado la mía fue en realidad tu abuelo. Su conciencia no pudo al final soportar el engaño infringido a su hermano, la depresión crónica en la que sumió a su único amor y el implacable trato al que sometió a su hijo, en el que veía reflejada a diario la desgracia que le ha perseguido hasta ahora.
Salvarte a ti sería el gesto que le redimiría de los pecados cometidos con los demás. Tú debías ser esa buena obra que borra nuestro expediente y nos abre las puertas del perdón.
Tú sabrás si le adoras o le ignoras, pero no caigas en la trampa de odiarle, como he hecho yo durante tantos años. Al brindarte a ti la vida me ha devuelto la mía, secuestrada hace tanto y que hoy, por fin, se ve libre de odios y rencores, que perdona y comprende, que agradece y respeta.
Luis: pasa a esa habitación, saluda a tu abuelo y dile, aunque creas que no te entiende, que yo ya le he perdonado, que mientras siga ingresado aquí, volveré cada domingo y me plantaré frente a él, como ahora, esperando a que despierte y me cuente…

06 septiembre, 2006

Hoy me desperté y ya no estabas


Hoy me desperté y ya no estabas. No recuerdo haber oído cuándo te levantaste, aunque debió de ser muy temprano, porque tu lado de la cama está helado.
Parece imposible, en pleno mes de agosto, pero el frío de tu ausencia ha dejado sobre las sábanas una fina capa de escarcha.
Me levanto y en el baño tampoco te encuentro.
Imagino que te duchaste hace horas, porque no logro encontrar una huella de tu paso en la bañera, ni una sola gota de agua ha querido esperarme.
Me sorprende ver que tu cepillo está seco, exactamente en la misma posición que ocupaba anoche, sin que tus dientes hallan dejado en él un solo resto de vida.
Tus cremas, tu perfume, tu recuerdo, permanecen inertes en la repisa del lavabo.
Mientras sale el café me sorprende no ver el plato en el que has desayunado, con sus restos de aceite y migas de pan.
La tostadora está fría y no encuentro ese olor tan familiar que impregna la casa cuando, como cada día, inevitablemente, dejas que se te quemen las tostadas.
Me ducho echándote de menos, con el teléfono sobre el lavabo, no sea que me llames y no tenga tiempo de descolgarlo.
Buenos días...Qué tal has dormido......sí, yo también te quiero.
En el armario me topo de bruces con esa falda de flores que tanto me gusta, que tan bien te sienta, que me sumerge una y otra vez en el hueco de tu vientre, del que quisiera no salir nunca.
Hace tiempo que no te la pones, porque siempre la encuentro en el la misma percha, junto al resto de tu ropa que también permanece intacta, conservando ese orden casi obsesivo con el que adoctrinas a todo lo que te rodea.
Cuando me dirijo hacia la puerta a enfrentarme con otro día gris, encuentro sobre el aparador una nota, pequeña, doblada y casi familiar.
Asustado, la abro torpemente mientras el temblor de mis manos va alcanzando el grado nueve en esa escala que jamás supe pronunciar.
Es tu letra, sin duda. Esa caligrafía que adoro y temo a partes iguales.
Con la vista casi empañada, leo atropelladamente las pocas líneas que manchan el papel, un papel amarillento como si el tiempo le hubiera otorgado la solemnidad de los incunables.
Mi respiración se detiene y mi corazón late al borde del colapso, intentando alterar el curso de los acontecimientos, el inevitable final de una confesión inconfesable.
Ya casi han pasado cuatro años y aún no logro acostumbrarme.
Mañana romperé esa nota.
Ahora llego tarde.

05 septiembre, 2006

Escala de grises



Hoy casi ha amanecido.

Durante unos minutos,
El sol ha mantenido una lucha titánica con mi oscuridad.
He llegado a sentir cómo la luz se colaba,
A regañadientes,
Entre las negras paredes que abrazan mi cueva.
Mi caverna,
Mi oscuro rincón secreto,
Mi exilio monocromo.

Mis pupilas, dilatadas por la prolongada exposición a la nada,
Han intentado inútilmente contraerse,
Engañar a la noche con una falsa madrugada,
Con un fuego estéril,
Imposible de encender con fósforos empapados en llanto.

No logro ubicar el verde en el abanico de los colores,
No recuerdo si el ámbar o el violeta eran verdaderos
O sólo producto de una imaginación incolora,
Si el rosa de tus mejillas existió alguna vez
Fuera de mi paleta de enamorado.

No hay colores en el hueco de mi vida.

Sin ti, sólo soy escala de grises.