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Reflexiones en voz alta de un aprendiz de escritor

Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Se vistió lo más deprisa que pudo y se colocó la máscara. Por fin iba a sacarle partido a ese armatoste que su hija se empeñó en regalarle. Ahora no tenía más que seguir las instrucciones que la radio y la televisión repetían incansables desde hacía días. Sacó su vieja escopeta del armario, llenó los bolsillos de la chaqueta con todos los cartuchos que tenía y salió a la calle. Sabía dónde debía dispararles y lo hacía con decisión. Por muy inteligentes que se hubieran vuelto, esos malditos coches autónomos no se iban a adueñar de su ciudad. Al menos mientras a él le quedara munición.
Cuando abandoné el tanatorio, el sol brillaba como si fuera a estallar. Disponía de cuatro horas para deshacerme de la lapa policial, recoger el maletín y presentarme en la terminal cuatro, donde tomaríamos el avión hacia la libertad. Si todo salía según lo planeado, Yolanda habría tenido tiempo suficiente para acercarse al banco, suplantar tu identidad y vaciar la cuenta en la que fuiste guardando esas cantidades que robabas mensualmente de la empresa familiar. Nadie, salvo tu familia y la policía, estaba al tanto de tu fallecimiento. Esa ausencia de información, unida a vuestro parecido físico y las miles de veces que había firmado en tu nombre, facilitarían la tarea y nos harían ricos y libres. Sería tu regalo de boda póstumo.
Siempre he creído que Enrique escribió esta canción para mí. Si he de ser sincero, casi todas las canciones me parecen dedicatorias personales de sus autores. No los conozco, ni ellos a mí, pero estoy seguro de que sabían de mi historia antes de ponerse a componer. ¿Cómo se explica si no que a ellos les ocurra exactamente lo mismo que me sucede a mí?
Esta es una de las cientos de verdades que, aunque no puedo demostrar, ocupan mi cabeza durante la mayor parte del día. Al menos desde que estoy ingresado aquí. Otra de las certezas por las que pondría las manos en el fuego es la de que no estoy loco. Al menos no mucho más que la mayoría de los que están ahí fuera. Lo de las venas fue una estupidez, ya lo sé, pero volver a ver a Lucía resultó más impactante de lo que había esperado, y mira que llevo años recreando ese momento…
Me dolió tanto verla con otro, regalándole las caricias que antes me había negado a mí… No creo que haya que estar loco para que una cosa así te afecte. Mi siquiatra, un tipo para el que prefiero ahorrarme adjetivos, siempre me dice que hay que aprender a olvidar, que la vida es demasiado corta como para aferrarse al pasado, que la felicidad nos espera a la vuelta de la esquina.
Menuda gilipollez. A mí la felicidad se me escapó cuando ella dijo basta.
Si todos nacemos con una cantidad exacta de felicidad a repartir durante toda nuestra vida (otra de las verdades tan absoluta como indemostrable), yo ya consumí la mía hace tiempo, a su lado.
Hoy tengo que pasar la evaluación siquiátrica. Voy a portarme bien y a responder de forma coherente ese estúpido test. Puedo hacerlo con los ojos cerrados.
Mañana estaré fuera.



Ya llevaba dos meses viviendo en Torregorda cuando descubrí el Meridiano. Fue una noche del mes de junio, en la que decidí apagar el ordenador y dejar para el día siguiente una aburrida traducción de un novelista francés, del que ni siquiera recuerdo el nombre. La temperatura invitaba a salir y decidí dar un paseo por el casco antiguo. Al girar una esquina escasamente iluminada, un portón de madera escoltado por dos enormes buganvillas llamó mi atención. Siempre había estado ahí. 


