25 septiembre, 2006

El lado salvaje

Ya llevaba dos meses viviendo en Torregorda cuando descubrí el Meridiano. Fue una noche del mes de junio, en la que decidí apagar el ordenador y dejar para el día siguiente una aburrida traducción de un novelista francés, del que ni siquiera recuerdo el nombre. La temperatura invitaba a salir y decidí dar un paseo por el casco antiguo. Al girar una esquina escasamente iluminada, un portón de madera escoltado por dos enormes buganvillas llamó mi atención. Siempre había estado ahí.
La barra del Meridiano se había convertido desde hace años en el refugio de turistas y residentes, atraídos unos y otros por los exquisitos cócteles que preparaba Olivia: mojitos, caipiriñas, margaritas, daiquiris, martinis y los mejores gintonics de toda la costa. La decoración, a base de muebles de teca y cartas marinas, transportaba a los clientes a paraísos lejanos en los que jamás pondrían los pies, pero de los que se sentían, durante unas horas, auténticos nativos. Álvaro, que se autodenominaba el guardián del paraíso, ayudaba a Olivia sirviendo las copas más sencillas, cargando y ordenando las cámaras y, sobre todo, a los mandos de la música, de la que estaba casi más orgulloso que del propio local.
Cada día, minutos antes de las tres, Álvaro dejaba que Lou Reed se diera una vuelta por el lado salvaje del local, avisando a la clientela de que la jornada estaba tocando a su fin. Al principio no me percaté, pero después de varias visitas me acostumbré a esa despedida musical, que mezclaba el placer de escuchar al genio neoyorquino con la tristeza de tener que abandonar la compañía de Olivia.

No sé cómo pero esa chica me había cautivado desde que crucé por primera vez la puerta del Meridiano. Tenía una belleza especial que sabía explotar de maravilla; su cara, sus ojos, su escote y ese peligroso movimiento de caderas al ritmo de la música lograban que mi hígado y mi bolsillo pagaran las consecuencias de su veteranía en el negocio.
Desde que Blanca me puso en la calle, setecientos kilómetros atrás, ninguna mujer había llamado a las puertas de mi corazón, ni tampoco a las de mi bragueta. El caso de Olivia era diferente; me atraía de una forma que nunca antes había experimentado, y decidí postergarlo un poco antes de lanzarme al vacío sin paracaídas. Mi situación anímica no me permitía arriesgarme a un segundo fracaso en tan poco tiempo.
Media docena de chupitos convirtieron a Álvaro en el mejor de los confidentes, aunque de poco me serviría. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido su jefa; ninguna información sobre novios, amantes, maridos o similares me ayudaría en mi tarea de acoso y derribo. Sólo logré su dirección y una curiosa confesión acerca de esa canción con la que cerraban cada noche. Según dijo el camarero, prácticamente se trataba de una imposición de Olivia, quien en realidad y según los papeles del bar se llamaba Ana, y se declaraba cautivada por ese tema del maestro Reed.
Nunca he prestado demasiado interés a lo que dicen las canciones en inglés (demostrando aquello del herrero y la cuchara de palo), pero la confesión de Álvaro me intrigó, hasta el punto de recurrir a Internet para descargar la letra de “Walk on the wild side”. Mientras la impresora se encargaba de plasmar en papel aquellas palabras, una llamada de teléfono me devolvió a la realidad.


− Luis, soy Olivia. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste de la furgoneta?
− Claro, justo ahora mismo estaba pensando en ti. Paso a recogerte en cinco minutos.


La estrategia de ofrecerme a acompañarla hasta el almacén de bebidas había dado resultado. El bar cerraba, con lo que podía permitirme “secuestrarla” el resto de la tarde. Insistió en invitarme a tomar algo, a lo que accedí sin dudar y deseoso de lanzar el ataque definitivo. Cenamos, charlamos, nos emborrachamos y empezamos a hacernos confesiones de las que no se suelen contar en la primera cita. Sólo cuando le pregunté por la canción de cierre del local se mostró esquiva y nerviosa, intentando desviar la conversación hacia cualquier otro asunto, casi atemorizada por mi insistente curiosidad.


− Bien, pero al menos contéstame a una cosa, ¿por qué te haces llamar Olivia teniendo un nombre tan bonito como Ana?


− No quiero hablar de eso. Por favor, acércame a casa. Se ha hecho muy tarde.

El camino de vuelta duró apenas cinco minutos, pero el muro de silencio que había levantado Olivia consiguió que se me hiciera eterno. Al bajar de la furgoneta, se limitó a confesarme, entre sollozos, algo a lo que hasta ahora nadie de su entorno había tenido acceso:

− Me llamo Olivia por Holly. Por favor, nunca vuelvas a mencionarme esa historia, ni a mí ni a nadie, y si no te importa, preferiría que no te pasaras por el bar en una temporada. Lo siento, pero si eres listo sabrás por qué lo hago.

Nunca he sido demasiado listo, pero en cuanto llegué a casa y leí la letra de la canción, comencé a entender su miedo y su reticencia. Investigué un poco más hasta descubrir que la protagonista de la primera estrofa, Holly Woodlawn, nació en Puerto Rico con el nombre de Harold Santiago Rodríguez. Ahí me vine abajo, pero seguí leyendo para descubrir que después de trabajar como bailarina de toples, se convirtió en una de las musas de Warhol y de la movida underground de los 70.

Al principio no supe cómo reaccionar. Intenté convencerme de que era una estúpida coincidencia; mi idolatrada Olivia, la mujer por la que había estado babeando durante las seis últimas semanas, era en realidad un hombre, un travesti, un engendro…


Han pasado dos años, quizá los más felices de mi vida, y hoy, mientras recorremos el pasillo central del salón de juntas municipal, rodeados de amigos y familiares, imagino que Lou Reed camina junto a nosotros, como testigo de boda, paseando por el lado salvaje de la vida.

2 Commentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Está bien, pero el final entra demasiado de sopetón, y si no te sabes la historia de los cachorros de Wharhol no te enteras de la copla

jueves, septiembre 28, 2006 6:14:00 PM  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Un puntazo lo de la canción. Gracias.

sábado, octubre 07, 2006 7:44:00 AM  

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