30 septiembre, 2006

Miedo



Por primera vez, entré a mi casa sintiendo miedo. El espejo del aparador me devolvió la imagen que tantas noches había perturbado mi sueño. Al final se había cumplido la profecía. Ya no tenía la posibilidad de redimirme luchando contra la bestia. Yo era la bestia.

25 septiembre, 2006

El lado salvaje

Ya llevaba dos meses viviendo en Torregorda cuando descubrí el Meridiano. Fue una noche del mes de junio, en la que decidí apagar el ordenador y dejar para el día siguiente una aburrida traducción de un novelista francés, del que ni siquiera recuerdo el nombre. La temperatura invitaba a salir y decidí dar un paseo por el casco antiguo. Al girar una esquina escasamente iluminada, un portón de madera escoltado por dos enormes buganvillas llamó mi atención. Siempre había estado ahí.
La barra del Meridiano se había convertido desde hace años en el refugio de turistas y residentes, atraídos unos y otros por los exquisitos cócteles que preparaba Olivia: mojitos, caipiriñas, margaritas, daiquiris, martinis y los mejores gintonics de toda la costa. La decoración, a base de muebles de teca y cartas marinas, transportaba a los clientes a paraísos lejanos en los que jamás pondrían los pies, pero de los que se sentían, durante unas horas, auténticos nativos. Álvaro, que se autodenominaba el guardián del paraíso, ayudaba a Olivia sirviendo las copas más sencillas, cargando y ordenando las cámaras y, sobre todo, a los mandos de la música, de la que estaba casi más orgulloso que del propio local.
Cada día, minutos antes de las tres, Álvaro dejaba que Lou Reed se diera una vuelta por el lado salvaje del local, avisando a la clientela de que la jornada estaba tocando a su fin. Al principio no me percaté, pero después de varias visitas me acostumbré a esa despedida musical, que mezclaba el placer de escuchar al genio neoyorquino con la tristeza de tener que abandonar la compañía de Olivia.

No sé cómo pero esa chica me había cautivado desde que crucé por primera vez la puerta del Meridiano. Tenía una belleza especial que sabía explotar de maravilla; su cara, sus ojos, su escote y ese peligroso movimiento de caderas al ritmo de la música lograban que mi hígado y mi bolsillo pagaran las consecuencias de su veteranía en el negocio.
Desde que Blanca me puso en la calle, setecientos kilómetros atrás, ninguna mujer había llamado a las puertas de mi corazón, ni tampoco a las de mi bragueta. El caso de Olivia era diferente; me atraía de una forma que nunca antes había experimentado, y decidí postergarlo un poco antes de lanzarme al vacío sin paracaídas. Mi situación anímica no me permitía arriesgarme a un segundo fracaso en tan poco tiempo.
Media docena de chupitos convirtieron a Álvaro en el mejor de los confidentes, aunque de poco me serviría. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde había salido su jefa; ninguna información sobre novios, amantes, maridos o similares me ayudaría en mi tarea de acoso y derribo. Sólo logré su dirección y una curiosa confesión acerca de esa canción con la que cerraban cada noche. Según dijo el camarero, prácticamente se trataba de una imposición de Olivia, quien en realidad y según los papeles del bar se llamaba Ana, y se declaraba cautivada por ese tema del maestro Reed.
Nunca he prestado demasiado interés a lo que dicen las canciones en inglés (demostrando aquello del herrero y la cuchara de palo), pero la confesión de Álvaro me intrigó, hasta el punto de recurrir a Internet para descargar la letra de “Walk on the wild side”. Mientras la impresora se encargaba de plasmar en papel aquellas palabras, una llamada de teléfono me devolvió a la realidad.


− Luis, soy Olivia. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste de la furgoneta?
− Claro, justo ahora mismo estaba pensando en ti. Paso a recogerte en cinco minutos.


La estrategia de ofrecerme a acompañarla hasta el almacén de bebidas había dado resultado. El bar cerraba, con lo que podía permitirme “secuestrarla” el resto de la tarde. Insistió en invitarme a tomar algo, a lo que accedí sin dudar y deseoso de lanzar el ataque definitivo. Cenamos, charlamos, nos emborrachamos y empezamos a hacernos confesiones de las que no se suelen contar en la primera cita. Sólo cuando le pregunté por la canción de cierre del local se mostró esquiva y nerviosa, intentando desviar la conversación hacia cualquier otro asunto, casi atemorizada por mi insistente curiosidad.


− Bien, pero al menos contéstame a una cosa, ¿por qué te haces llamar Olivia teniendo un nombre tan bonito como Ana?


− No quiero hablar de eso. Por favor, acércame a casa. Se ha hecho muy tarde.

El camino de vuelta duró apenas cinco minutos, pero el muro de silencio que había levantado Olivia consiguió que se me hiciera eterno. Al bajar de la furgoneta, se limitó a confesarme, entre sollozos, algo a lo que hasta ahora nadie de su entorno había tenido acceso:

− Me llamo Olivia por Holly. Por favor, nunca vuelvas a mencionarme esa historia, ni a mí ni a nadie, y si no te importa, preferiría que no te pasaras por el bar en una temporada. Lo siento, pero si eres listo sabrás por qué lo hago.

Nunca he sido demasiado listo, pero en cuanto llegué a casa y leí la letra de la canción, comencé a entender su miedo y su reticencia. Investigué un poco más hasta descubrir que la protagonista de la primera estrofa, Holly Woodlawn, nació en Puerto Rico con el nombre de Harold Santiago Rodríguez. Ahí me vine abajo, pero seguí leyendo para descubrir que después de trabajar como bailarina de toples, se convirtió en una de las musas de Warhol y de la movida underground de los 70.

Al principio no supe cómo reaccionar. Intenté convencerme de que era una estúpida coincidencia; mi idolatrada Olivia, la mujer por la que había estado babeando durante las seis últimas semanas, era en realidad un hombre, un travesti, un engendro…


Han pasado dos años, quizá los más felices de mi vida, y hoy, mientras recorremos el pasillo central del salón de juntas municipal, rodeados de amigos y familiares, imagino que Lou Reed camina junto a nosotros, como testigo de boda, paseando por el lado salvaje de la vida.

23 septiembre, 2006

Diario de una promesa



Lunes 4 de agosto
No soporto a ese imbécil de Luis. Se cree que es más guapo que nadie y que por eso puede tratarnos como si fuéramos mercancía colgada de los ganchos de un matadero. Ya sé que Lucía tiene las tetas más grandes que yo, pero no hace falta que me lo restriegue por la cara delante de toda la pandi, y mucho menos cuando todos saben que estuvo enrollado con ella el año pasado. Es un cerdo. Yo no pienso cumplir la promesa.

Martes 5 de agosto
Ana dice que ya se ha acostado con Julián. Menuda zorra mentirosa. Como se entere su madre no pisa la calle hasta Navidad. Ella precisamente, que tardó más de un año en dejar que Arturo le metiera mano, y claro, Arturo se hartó de hacer el canelo y se lió con Lucía, que esa sí que es un pendón desorejado, sobre todo desde que se le hincharon tanto los melones. Ahora mismo llamo a Luis, que aunque es tonto del culo siempre se entera de todos los chismes.
De todas formas, lo de la promesa se le ocurrió a Vanessa porque creía que ninguna íbamos a aceptar, pero eso no, a mí no me echa cojones una niñata de papá que se mete relleno en el suje. Si hay que hacerlo, lo hacemos, pero todas. A la que se raje la tiramos por los bloques.

Miércoles 6 de agosto
A mi madre se le ha ido la olla. Ahora resulta que tengo que estar en casa a las doce, cuando toda la peña se puede quedar por lo menos hasta las tres. Incluso hay quien no tiene hora, como la mosquita muerta de Vanessa, que mucho ponerse cuello alto y acompañar a su madre a misa los domingos, pero dice Ana que la vio la otra noche en la playa bañándose en bolas con el cabrón de Luis y su perrito faldero, el “mosquis”, que esa todavía me la tiene que pagar la puta de ella.
Mañana vamos al Factory a por algo mono para la fiesta. Seguro que estos idiotas se presentan en casa de Ana en bañador y chanclas, con lo maqueadísimas que vamos a ir nosotras. Yo no sé las demás, pero como Luis aparezca hecho un guiñapo no pienso tocarle ni un pelo, que aprenda a comportarse, joder, que ya tiene casi diecisiete.
No es que me dé miedo, ni mucho menos, pero tengo que hablar con la hermana de Vanessa para que me cuente bien cómo tengo que hacerlo, porque Luis, además de tonto, es más bruto que un arado, y no me fío un pelo de lo que me pueda hacer.
Dice Lucía que ella se va a poner lubricante y que se va a beber antes una botella entera de tequila. Menuda imbécil. Yo quiero enterarme bien de lo que pase; me daría mucha rabia levantarme al día siguiente con resacón y sin acordarme de nada.

Jueves 7 de agosto
Lo que faltaba. Ahora resulta que papá ha decidido traer a esa especie de novia que tiene y yo tengo que dejarles mi cuarto y dormir con la enana, que no me deja hablar tranquila y que ronca como un viejo. La amiga de papá es una de esas barbies sin cerebro y con tetas de silicona que vuelven locos a los viejos verdes como él.
Y encima mamá se quitará de en medio y me tocará volver a soltar el rollo de que me quedo en casa de Vanessa porque es muy peligroso volver de noche…
Chica paliza me está dando Ana con eso de que si tenemos que probarlo de alguna manera; que si la sangre, que si jurarlo sobre una tumba, que si llevar a los chicos a la máquina de la verdad… Dice Lucía que para eso es mejor que lo hagamos todos a la vez en la misma habitación. ¡Menudo zorrón con patas! Como no pudo tirarse a Luis en su momento quiere ponerle las tetas delante para que se vuelva loco y se vaya con ella. Está lista esa golfa si cree que me lo va a quitar. Es tonto, pero es mío.

Viernes 8 de agosto
Toda la noche lloviendo y yo sin poder pegar ojo. Al principio creía que era porque me asustaba la tormenta, que aquí en la costa sopla que no veas, pero creo que no duermo pensando en lo que va a pasar, en si me va a gustar o me va a horrorizar. Dice la hermana de Vanessa que lo mejor es relajarse mucho y pensar en cosas bonitas, pero yo sólo pienso en esa tranca tan gorda que tiene Luis, que ya se la toqué una vez y me pareció demasiado grande para metérmela ahí.
Al final me he comprado un top de Zara y una falda cortísima, así que voy a decirle a las chicas que aleccionen a esos macarras y que les obliguen a vestirse con gracia, que si no van a parecer los limpiapiscinas.
Sólo falta un día para el gran acontecimiento. Si las demás quisieran, podríamos dejarlo estar, pero no voy a ser yo la mojigata que tire de la manta. Mejor me callo a ver qué pasa.

Sábado 9 de agosto
Por lo menos ha amanecido un día precioso. Hemos pasado toda la mañana en la playa y ninguna de estas locas ha dicho una palabra sobre el tema. Bueno, Ana sí que ha hablado, pero para decir que ella ya lo ha hecho y que esta noche se va a emborrachar y a pasar de todo. ¡Encima de mentirosa nos quiere tomar por tontas! Si ella se raja yo paso, a ver si al final la más zorra voy a ser yo. Lucía dice que es mentira, que es una estrecha y que se quiere quitar el marrón de encima. Ella tampoco está segura, por muchos chistes verdes que cuente.
Yo no voy a decir nada, pero me da en la nariz que estas tontas no tienen ni idea de lo que están hablando, ni de la que se les viene encima…

Domingo 10 de agosto
Vaya mierda de fiesta. Los tíos estaban tan nerviosos que se pasaron toda la noche bebiendo y diciendo gilipolleces; son unos putos niñatos y no se merecen que les hagamos ni caso. Al final ninguna ha cumplido esa estúpida promesa. Seguimos tan vírgenes como nacimos, pero al menos ya sabemos qué es lo que no queremos.
Esta tarde vamos las cuatro al cine.
Seguimos siendo amigas.

18 septiembre, 2006

Tío Tomás



No logro quitarme de encima la costumbre de madrugar en domingo. Rara vez me siento a desayunar después del noticiario de las siete, ese en el que una locutora narra, sin el mínimo interés, una serie de noticias huérfanas de importancia informativa, casi como si por obligación o falta de actividades, después del sábado sólo existieran el fútbol y las misas radiadas. Hace más de treinta años que la cama me despide igual y a la misma hora, sobre todo los domingos.
Esta simpática costumbre se la debo a Tío Tomás, que además de ser mi padrino y el único hermano varón de mi padre, hizo un estúpido juramento el día en que enterramos a papá: él, personalmente, se encargaría de que yo me convirtiera en un hombre de provecho y de sacar adelante a mi madre y a mis hermanas, a las que prefirió dejar al cargo de las hermanas clarisas para que las convirtieran en perfectas esposas y católicas madres de familia.
Mi madre, tu abuela, nunca tuvo fuerza ni coraje para enfrentarse a su cuñado, sumida como estaba en una profunda depresión, provocada por la larga enfermedad que llevó a papá a estar más de seis años postrado en su cama. Yo odiaba a tu abuelo por eso. Por no haber estado conmigo, por haber dejado a mamá como una zombi y por haberme condenado a sufrir la humillante tiranía de Tío Tomás, quien se convertiría desde entonces en mi tutor, mi jefe, mi conciencia y mi desgracia.
Cada día, al salir del colegio de los Salesianos, que no distaba más de dos manzanas de nuestra casa, mientras mis amigos tiraban las carteras al suelo y jugaban al fútbol hasta que la noche les impedía distinguir la pelota, yo me dirigía sin pausa alguna hasta la tienda de mi tío, un colmado en el que las amas de casa del barrio bajaban a diario más a cotillear que a comprar, y en el que debía vestir un ridículo delantal a rayas verdes y negras, como un uniforme de preso infantil. En la trastienda de ese húmedo local pasé cinco años sin hacer básicamente nada pero sin poder hacer otra cosa. Recuerdo con especial dolor los domingos, cuando Tío Tomás me recogía mucho antes de que saliera el sol y me obligaba a limpiar una por una todas las estanterías de la tienda, suficientemente deprisa como para llegar a tiempo a misa de doce.
Fuera lo que fuese, para él todo lo hacía mal. Si tenía que ordenar el almacén, siempre me equivocaba de estantería o dejaba mal colocada alguna lata de conservas; si se trataba de llevar un pedido a casa de alguna clienta, o bien tardaba demasiado o no me comportaba correctamente o me quedaba más dinero de la propina de lo que le decía a él, —algo que la mayor parte de las veces era cierto.
Su concepto de la disciplina consistía básicamente en una vara de madera con la que me golpeaba en distintas partes del cuerpo y con desigual violencia, pero siempre siguiendo una estricta relación entre el error y el castigo; un retraso en el envío de un pedido equivalía a un varazo en la palma de la mano; si llegaba tarde a la tienda después del colegio, dos golpes en las corvas que me dejaban dolorido toda la tarde; cualquier destrozo en material de la tienda (romper un vaso de nocilla, dejar caer el azúcar camino de la báscula o permitir que algún niño metiera la mano en el tarro de las golosinas) se traducía en un número de azotes en el culo proporcionales siempre al dinero que costara mi desaguisado.
Así transcurrió lo que debería haber sido mi paso de la infancia a la adolescencia, ese periodo en el que ahora estás tú y que tan extraño, por no vivido, me resulta.
Tú no llegaste a conocerle; ese que ahora babea en su silla de ruedas y que parece mirar a través de nuestros cuerpos no es Tío Tomás, es otro ser que habita su decrépito cuerpo y que no comparte con él más que una pequeña zona del cerebro donde, según su médico, conserva recuerdos que es incapaz de comunicar al resto del mundo.
Esta última Navidad, días antes de morir —maldita costumbre de esta familia la de los juramentos a tumba abierta— tu abuela me hizo prometer que me ocuparía de él, pasara lo que pasase, hasta que Dios quisiera llevárselo al limbo de los idiotas.
Hace cinco años, cuando tu hígado dejó de funcionar y tu vida corría grave peligro, me ofrecí a donarte parte del mío. Bien sabes que te lo habría dado entero, junto con el corazón y los pulmones, si hubiera sido posible, pero la genética nos jugó una de esas malas pasadas, que según el médico inhabilitan a los progenitores directos pero generan copias idénticas de abuelos a nietos. Es como si los padres fuéramos un estorbo intermedio en la evolución de la especie. Aunque el doctor Carretero intentó convencerle de que el ascendiente debía serlo en línea directa, Tío Tomás seguía empeñado en que su hígado te salvaría y que después de la operación ya hablaríamos despacio del asunto. No sé cómo pero lo logró.
Ahora sé que si su paso por el quirófano no se hubiera complicado hasta terminar en esta apoplejía vegetativa, él mismo podía habértelo explicado. Aunque seguimos llamándole tío, quien te salvó la vida después de haber machacado la mía fue en realidad tu abuelo. Su conciencia no pudo al final soportar el engaño infringido a su hermano, la depresión crónica en la que sumió a su único amor y el implacable trato al que sometió a su hijo, en el que veía reflejada a diario la desgracia que le ha perseguido hasta ahora.
Salvarte a ti sería el gesto que le redimiría de los pecados cometidos con los demás. Tú debías ser esa buena obra que borra nuestro expediente y nos abre las puertas del perdón.
Tú sabrás si le adoras o le ignoras, pero no caigas en la trampa de odiarle, como he hecho yo durante tantos años. Al brindarte a ti la vida me ha devuelto la mía, secuestrada hace tanto y que hoy, por fin, se ve libre de odios y rencores, que perdona y comprende, que agradece y respeta.
Luis: pasa a esa habitación, saluda a tu abuelo y dile, aunque creas que no te entiende, que yo ya le he perdonado, que mientras siga ingresado aquí, volveré cada domingo y me plantaré frente a él, como ahora, esperando a que despierte y me cuente…

06 septiembre, 2006

Hoy me desperté y ya no estabas


Hoy me desperté y ya no estabas. No recuerdo haber oído cuándo te levantaste, aunque debió de ser muy temprano, porque tu lado de la cama está helado.
Parece imposible, en pleno mes de agosto, pero el frío de tu ausencia ha dejado sobre las sábanas una fina capa de escarcha.
Me levanto y en el baño tampoco te encuentro.
Imagino que te duchaste hace horas, porque no logro encontrar una huella de tu paso en la bañera, ni una sola gota de agua ha querido esperarme.
Me sorprende ver que tu cepillo está seco, exactamente en la misma posición que ocupaba anoche, sin que tus dientes hallan dejado en él un solo resto de vida.
Tus cremas, tu perfume, tu recuerdo, permanecen inertes en la repisa del lavabo.
Mientras sale el café me sorprende no ver el plato en el que has desayunado, con sus restos de aceite y migas de pan.
La tostadora está fría y no encuentro ese olor tan familiar que impregna la casa cuando, como cada día, inevitablemente, dejas que se te quemen las tostadas.
Me ducho echándote de menos, con el teléfono sobre el lavabo, no sea que me llames y no tenga tiempo de descolgarlo.
Buenos días...Qué tal has dormido......sí, yo también te quiero.
En el armario me topo de bruces con esa falda de flores que tanto me gusta, que tan bien te sienta, que me sumerge una y otra vez en el hueco de tu vientre, del que quisiera no salir nunca.
Hace tiempo que no te la pones, porque siempre la encuentro en el la misma percha, junto al resto de tu ropa que también permanece intacta, conservando ese orden casi obsesivo con el que adoctrinas a todo lo que te rodea.
Cuando me dirijo hacia la puerta a enfrentarme con otro día gris, encuentro sobre el aparador una nota, pequeña, doblada y casi familiar.
Asustado, la abro torpemente mientras el temblor de mis manos va alcanzando el grado nueve en esa escala que jamás supe pronunciar.
Es tu letra, sin duda. Esa caligrafía que adoro y temo a partes iguales.
Con la vista casi empañada, leo atropelladamente las pocas líneas que manchan el papel, un papel amarillento como si el tiempo le hubiera otorgado la solemnidad de los incunables.
Mi respiración se detiene y mi corazón late al borde del colapso, intentando alterar el curso de los acontecimientos, el inevitable final de una confesión inconfesable.
Ya casi han pasado cuatro años y aún no logro acostumbrarme.
Mañana romperé esa nota.
Ahora llego tarde.

05 septiembre, 2006

Escala de grises



Hoy casi ha amanecido.

Durante unos minutos,
El sol ha mantenido una lucha titánica con mi oscuridad.
He llegado a sentir cómo la luz se colaba,
A regañadientes,
Entre las negras paredes que abrazan mi cueva.
Mi caverna,
Mi oscuro rincón secreto,
Mi exilio monocromo.

Mis pupilas, dilatadas por la prolongada exposición a la nada,
Han intentado inútilmente contraerse,
Engañar a la noche con una falsa madrugada,
Con un fuego estéril,
Imposible de encender con fósforos empapados en llanto.

No logro ubicar el verde en el abanico de los colores,
No recuerdo si el ámbar o el violeta eran verdaderos
O sólo producto de una imaginación incolora,
Si el rosa de tus mejillas existió alguna vez
Fuera de mi paleta de enamorado.

No hay colores en el hueco de mi vida.

Sin ti, sólo soy escala de grises.